Las epidemias en la Nueva Granada: castigo de Dios y conjura de los Santos. 1782-1850. Una aproximación al imaginario religioso

Línea de investigación:

Tesis desarrollada para obtener el grado de maestría en historia de la Universidad de los Andes.

 

San Roque, protector contra las pestes Pintura de Baltasar de Figueroa (siglo XVII)

San Roque, protector contra las pestes
Pintura de Baltasar de Figueroa (siglo XVII)

Las enfermedades contagiosas o epidémicas han sido desde tiempos inmemoriales una constante amenaza para la salud del ser humano. Sus efectos devastadores se han evidenciado a lo largo de la historia, donde muchas veces el ser humano ha experimentado un destino fatal e ineluctable, desprovisto de medios efectivos ante el implacable azote del contagio, convirtiéndose en ocasiones, en verdaderas catástrofes para las poblaciones que las han padecido.

Así sucedió con la llegada de los conquistadores al Nuevo Mundo, que trajeron consigo varias enfermedades epidémicas que contribuyeron a la devastación demográfica de la población indígena. Enfermedades desconocidas como la viruela, tifus, gripa, sarampión, lepra, tabardillo, entre otras, comenzaron a padecer recurrentemente la población nativa, muchas de ellas dejando un gran número de víctimas. En el Nuevo Reino de Granada, desde principios del siglo XVI, se registraron periódicamente diversas epidemias. La más recurrente y mortífera fue la viruela, de 22 epidemias relacionadas en Santa Fe entre 1537 y 1802, once fueron de viruela.

A lo largo de los siglos XVII y XVIII se sucedieron pestes implacables que causaron estupor por el número de víctimas y destrucción de poblaciones florecientes. Las epidemias alteraban por completo y en forma dramática el ambiente cotidiano de las ciudades expandiendo sus inexorables estragos. Los efectos demoledores e inmanejables de las pestes y los precarios recursos médicos para contrarrestarlas, las convertían en un fenómeno amenazante, que se escapaba del control humano. La concepción que el ser humano tenía sobre la naturaleza, estaba marcada por una actitud fatalista, de indefensión e impotencia, concibiendo este mundo como plagado de fuerzas del bien y el mal, sobre los cuales Dios ejercía un poderío indiscutible.

La actitud asumida de temor e impotencia ante la muerte inminente que representaba el contagio y la enfermedad, conllevaba a la búsqueda de ayuda y protección más allá de los límites naturales. Surge entonces la expresión de lo religioso, para lograr la consecución del bien deseado. Así, se acude a Dios o a la Virgen y los santos para obtener la curación.

Esta actitud fatalista de indefensión ante la enfermedad, nos llevó a preguntarnos por ¿Cómo fueron enfrentadas las enfermedades epidémicas desde el campo de lo religioso?. ¿Qué papel jugó la religión y la institución eclesiástica en las calamidades epidémicas?, especialmente en una época de transición y cambios políticos y sociales vividos por la sociedad de la Nueva Granada desde finales del siglo XVIII y hasta mediados del siglo XIX en el periodo comprendido entre 1782 y 1850. Particularmente porque fue una época donde se fueron implantando una serie de prácticas de higiene y salud pública, que incidirían en las concepciones de enfermedad y muerte que tenia la sociedad de la época. En este sentido, nos interesó especialmente indagar por el discurso religioso que hacía énfasis en la manera de concebir las epidemias como castigo de Dios, y por el papel que jugaron los santos intercesores, para mediar ante la sanción divina.

El propósito de este trabajo fue indagar por el imaginario religioso que el acontecimiento epidémico pone de manifiesto, para explicar la presencia del contagio y para remediar su mal. Una relación que alude también a unos modelos de comportamiento para mantener el orden social y avivar el sentimiento religioso. Es así como la construcción de este imaginario religioso se analizó a partir del discurso eclesiástico que concebía las epidemias como castigo de Dios y que exhortaba a contrarrestar esa sanción divina mediante la práctica religiosa. Desde esta perspectiva, este estudio se enmarcó conceptualmente en la relación que se establece entre el discurso y la práctica cuyo vínculo produce un imaginario religioso.

Al respecto es importante señalar que en los momentos de crisis se intensifica la producción de imaginarios sociales, más aún los imaginarios religiosos que se constituyen también en una fuerza reguladora de la vida. Así por ejemplo, la vulnerabilidad frente a las epidemias era reforzada en la sociedad colonial, a través del discurso religioso que incitaba a que se creyera en un Dios omnipotente, un Dios que inspiraba temor y respeto, del que se dependía física y espiritualmente y es esa dependencia la que motivaba al ser humano a una necesidad de protección, de favores y gracias, las cuales hacían manifiestas mediante ritos, símbolos y devociones particulares.

En el caso particular que nos atañe, el imaginario religioso es usado para reforzar las relaciones de dominación y apropiación cultural que no solo se da en términos materiales, sino también en el sentido del poder simbólico. Aquí el imaginario religioso emerge para poner en tensión la noción de una práctica cultural de mediación para explicar la causa de la enfermedad pero a la vez conjurar su mal; un juego de fuerzas y poder que va de un Dios distante y castigador a unos santos cercanos y protectores.

Para aproximarse al imaginario religioso en torno a las epidemias, se tomaron como fuente principal las pastorales de los obispos que se publicaron en cada una de las epidemias que fueron abordadas como objeto de estudio (las epidemias de viruela en 1782, 1802, 1841 y la de cólera en 1833 y 1849), cuyo discurso hacia énfasis en la manera de concebir a Dios y a las enfermedades contagiosas, además de promover los ruegos y penitencias para que cesara el azote. Prácticas que estaban encaminadas a propiciar la función de los santos como mediadores entre Dios y los seres humanos. En este mismo sentido, contamos con las novenas a San José (1783), San Roque (1833 y 1843), Santo Domingo de Guzmán (1849), San Luis Beltrán (1850) y Santa Rosalía (1850), cuya fecha de publicación coincide con la época en que se produjeron algunas de las epidemias estudiadas, y su contenido hacia clara referencia a su condición de protectores contra la peste. También los sermones y oraciones producidos en tiempo de epidemia son un claro ejemplo de la visión fatalista de Dios y de cómo la misericordia del Todopoderoso sólo se podía obtener mediante el rezo de novenas y plegarias. Así mismo, tomamos como fuente, sermones, oraciones, edictos y avisos públicos que dan cuenta del papel protagónico que tuvo la Virgen de Chiquinquirá como protectora contra la epidemia de viruela de 1841. Referencias importantes de la función de la Virgen y los santos como mediadores entre Dios y los seres humanos.

Paralelo al uso de las fuentes producidas desde la oficialidad eclesiástica, se trabajaron otras fuentes como publicaciones periódicas, memorias y crónicas, que nos permitieron explorar y contextualizar las percepciones y comportamientos religiosos que desde el ámbito cotidiano se tenían sobre las epidemias.

Es así como el corpus documental escogido nos permitió identificar y caracterizar el imaginario religioso que en torno a las epidemias se construyó y operó en la sociedad neogranadina. Para presentar el conjunto de estas concepciones colectivas esta investigación se estructuró en tres capítulos. En el primero se abordó el discurso religioso que concibe las pestes como castigo de Dios y exhorta a contrarrestar esa sanción divina mediante la práctica religiosa. De acuerdo al contexto de cada una de las epidemias estudiadas se presentaron las cartas pastorales en las que los obispos anunciaban su llegada como sentencia de un Dios ofendido por los pecados de los seres humanos. Se difundía la imagen de un Dios severo y distante pero a la vez misericordioso, al que se le podía implorar su benevolencia para evitar el azote, para ello era necesario dirigirle rogativas y hacer penitencia para obtener el perdón. En el segundo presentamos cómo ese discurso se hacía efectivo mediante la práctica religiosa, para propiciar la función intercesora de la Virgen y los santos a través de rogativas públicas, novenarios y oraciones, para que con su poder mediador conjuraran las epidemias y por consiguiente los castigos de Dios. Se evidencia cómo a diferencia de ese Dios lejano y castigador, estaban estos seres cercanos y protectores, que se muestran compasivos con los pecadores. Por último, el tercer capítulo aborda el papel que desempeñó la institución eclesiástica en el control sanitario de las epidemias. Su injerencia tanto en lo temporal como en lo espiritual fue decisiva para la implantación de nuevas prácticas y nuevas actitudes que la sociedad de la Nueva Granada asumió para hacer frente a las epidemias.